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UN ITALIANO QUE USABA EL CÓDIGO MORSE PARA HACER TRAMPAS


Arcangelo Ricciardi, jugador italiano aficionado de 37 años, apicultor de profesión, ha sido expulsado de un importante torneo en su país después de comprobarse que utilizaba el código morse para hacer trampas. La prensa italiana informan de que el sofisticado marrullero llevaba todo un «kit de espía» escondido bajo la ropa y colgado del cuello, incluida una minicámara para transmitir los movimientos.

Ricciardi empezó el Festival Internacional de Ajedrez de Imperia (del 30 de agosto al 6 de septiembre) con un Elo de 1868 puntos, propios de un aficionado no excesivamente fuerte. Ni siquiera está clasificado entre los mejores 50.000 ajedrecistas del mundo. Desde la primera ronda, sin embargo, empezó a jugar como los ángeles (algo le ayudaría también su nombre) y a derrotar a cuanto maestro se ponía en su camino. Jean Conqueraut, árbitro principal del torneo celebrado en Liguria, al norte de Italia, aseguró a «La Stampa» que empezó a sospechar de Ricciardi desde las primeras rondas: «En ajedrez, un rendimiento como el suyo es imposible. Nunca creí que fuera un genio; tenía que ser un tramposo».

Por ese motivo, el árbitro no le quitaba ojo de encima. «Siempre permanecía sentado», añade el juez. «Era muy extraño. Estamos hablando de horas y horas de juego. Y siempre tenía los brazos cruzados, con un pulgar en la axila, que no separaba «ni un momento». Otro de los aspectos más llamativos del comportamiento del jugador italiano era su manera «antinatural» de parpadear. Esa fue la pista definitiva. Conqueraut cayó en la cuenta de que el jugador utilizaba el código morse. El movimiento de los ojos era innecesario y probablemente inconsciente. «Parecía concentrado en el tablero, pero con la cabeza perdida en otro lugar. Estaba descifrando las señales. Línea, punto, línea, punto. Eso fue todo», dice orgulloso de sus habilidades como Sherlock Holmes.

Empezó entonces el típico ceremonial, tan incómodo para todos, que suele suceder en estos casos. El árbitro pidió a Ricciardi que vaciara sus bolsillos y no encontró nada. Menos colaborador y más amenazante se mostró el aficionado cuando le preguntaron si podía desabrocharse la camisa. Se negó y no pudieron hacer mucho más. Aquella noche, el árbitro no durmió, confiesa. A las seis de la mañana, lo llamaron los organizadores: «Hay que poner un detector de metales», le dijeron.

El invento permitió encontrar todo el equipo que llevaba bajo la ropa, colgado del cuello. El «kit» de espía incluía una minicámara, varios cables y una caja de unos cuatro centímetros adherida a la axila. A Arcangelo se le ocurrió una explicación ingeniosa, aunque nada verosímil: dijo que eran amuletos para la buena suerte.

Por supuesto, fue expulsado del torneo y la Federación Italiana estudia ahora qué tipo de cargos presentará contra él, cuando se cierre la investigación, que ha empezado con mal pie. Según cuenta «La Stampa», la organización no se incautó de la misteriosa caja. Todos dan por hecho que era la que utilizaba para comunicarse por morse. El torneo, por cierto, fue ganado por el gran maestro ruso Igor Naumkin.

Otros casos recientes
El último número de la revista «Peón de Rey» dedica varias páginas al problema de las trampas en el ajedrez. Su director, Miguel Illescas, comenta en uno de los textos que, afortunadamente, cada año se juegan miles y miles de partidas y en la mayoría no ocurre nada. Las excepciones son cada vez más llamativas y sofisticadas, sin embargo, mientras la FIDE sigue sin saber cómo atajar el problema. El propio gran maestro español dimitió del comité «antitrampas» creado por la Federación Internacional al comprobar su escasa voluntad de emprender cambios útiles.

En este blog es posible comprobar que los casos, aunque aislados, se suceden sin remisión. Entre los últimos destaca el del gran maestro georgiano Gaioz Nigalidze, expulsado del Abierto de Dubai por utilizar un móvil que mantenía escondido en los servicios. Otros han llegado a pegarse dos móviles a las piernas. Antes vimos un complejo entramado en el que participaron varios miembros de la selección francesa en una Olimpiada. Sébastien Feller, el tramposo del sms, ya ha cumplido su pena y ha vuelto a los tableros. El búlgaro Ivanov ideó otro sistema para, según parece, esconder el dispositivo de ayuda en los zapatos.

El peligro de estas noticias, por supuesto, es caer en la paranoia y empezar a acusar de forma injusta a cualquier ajedrecista que gane un par de partidas inesperadas. Hace poco vivimos también el triste ejemplo de una gran maestra rumana en el Europeo femenino. Los expertos dictaminaron que era inocente, después de que varias jugadoras escribieran una carta contra ella. Tan tramposo puede ser quien recibe ayuda como quien acusa injustamente a otro. Un poco de calma y las mínimas medidas de seguridad parecen la única receta, porque todo esto irá a más. La tecnología es imparable.

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